Niños de favela

Participante: Iván Vela Hernández

Durante mis estudios universitarios tuve la oportunidad de participar en un programa internacional de intercambio estudiantil en Río de Janeiro, ciudad a la que llegue con un dominio mínimo del portugués. Al día siguiente de mi arribo al Brasil decidí ir a la universidad donde estaría tomado mis cursos durante los siguientes ocho meses, para esto tomé indicaciones por parte de mi “abuela”, una viejecita que se enlistó en la Universidad. Allí trabajaba como asistente de estudiantes extranjeros. La viejecita intentó explicarme de la manera más clara posible cómo llegar a la universidad pero claro que solamente logré comprender una pequeña parte de lo que decía. A pesar de tener un mapa en mano, se complicaba un poco el viaje a la universidad, pues requería de tomar varios autobuses urbanos bastante informales que carecían de información sobre las rutas por lo que era muy fácil perderse para cualquier foráneo.

Creía tener todo bajo control, pero como era de esperarse, de pronto no tenía idea de dónde estaba, y para ese punto me encontraba en un autobús donde el 70% de los pasajeros eran niños de entre 8 y 13 años de edad, lo cual me inspiró confianza al preguntar a uno de ellos por información que me dirigiera a la universidad. Al hablarles en un pésimo ‘portuñol’, y ante mi confusión, solo originó que todos comenzaran a reír de mí, haciendo que de pronto me encontrase rodeado de 20 niños riéndose, gritando y hablando todos al mismo tiempo en portugués carioca, yo no entendía nada, solo seguía preguntando cómo llegar a mi destino, sin embargo ellos solo me hacían preguntas que no lograba comprender, de modo que continuaban a jugar conmigo diciendo cosas que eran graciosas para ellos; lo único que logré entender dentro del caos infantil era que tenía que esperar para bajar de la unidad de transporte, como si ellos supieran dónde debía bajar.

Llegamos a un punto del viaje donde todos los niños tenían que bajar del autobús urbano por lo que al entender por sus señas entre risas, querían que bajara con ellos, de modo que confiado lo hice. Ellos hacían señas con las manos y decían “universidade” indicando algo como “sígueme, es por aquí!”. Caminamos aproximadamente 200 metros por algunas calles de una zona que resultó ser la favela más grande de Rio de Janeiro “La Rocinha”, un lugar folclórico nada recomendado para turistas. Allí estaba rodeado de niños como si yo fuera un rey mago, mientras ellos gritaban y reían a mi alrededor. Todo mundo alrededor observaba el espectáculo de joven siendo dirigido a base de empujones y jalones por niños de 9 años de edad, era una escena un tanto bizarra y supongo algo graciosa. Era muy difícil deshacerme de ellos, de pronto parecía mamá ganso.

La confusión en medio de gritos, risas y empujones continúo hasta que un pequeño grupo de niñas comenzó a esparcir al resto de los niños de modo que me dejarían en paz, para finalmente explicarme pacientemente que estaba muy lejos de mi destino. Me guiaron a otra parada de autobús para finalmente recibir instrucciones correctas que me llevarían a la universidad.

Al paso de los ocho meses y con mucha dedicación logre aprender el portugués a un buen nivel, de modo que hasta el día de hoy me sigo preguntando qué tantas y cosas y bromas decían esos niños traviesos de favela.

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